
No ha sido sino hasta hace poco que los cristianos nos hemos atrevido a introducir en nuestras invocaciones a Dios la categoría de madre.
En el Génesis ya escuchamos que el ser humano estaba hecho a imagen y semejanza de Dios, tanto a nivel de varón como de mujer, pero la cultura patriarcal prescindió de las imágenes femeninas por considerarlas de segunda; hoy, alcanzada la paridad de las mujeres, las podemos recuperar.
Lo más exclusivo de la mujer es su capacidad de ser madre, un concepto que el inconsciente colectivo ha adornado con toda clase de virtudes que le podemos aplicar a Dios. En primer lugar, la imagen nos habla del cobijo que se inicia en el seno materno. Ese lugar caliente, resguardado y sin preocupaciones al que muchos psicólogos creen que los seres humanos añoramos volver.
Toda la espiritualidad que gira en torno al Sagrado Corazón se nutre de estas ideas, un refugio en el seno de Dios mismo donde encontrar alivio a las deficiencias de nuestra condición mortal. Incluso podemos pensar que la última estación de nuestro viaje que llamamos muerte supone, a la manera de una línea circular, volver al punto inicial de la vida. No hay mejor esperanza que colocar el final en el regazo de Dios.
En la medida que el ser humano crece en años, las exigencias de la vida adulta le impulsan a separarse de su madre. Cuando se produce el reencuentro, el hijo tiene la sensación de la fidelidad a ultranza: ella siempre está dispuesta a acoger con gusto y sin reconvenciones su vuelta. En el itinerario espiritual también hay vaivenes, idas y vueltas, y también hay la certeza de que la Madre de Dios nos espera con gozo. Regazo abierto, escucha expectante y sin reproches de todos los avatares que le han sucedido al hijo en su vida. Una escena maravillosamente descrita en la parábola del hijo pródigo, que Rembrandt pintó dando al padre del muchacho la actitud de una madre.
Estamos en tiempo de Pascua de Resurrección; tiempo de renacer, tiempo de comenzar una nueva vida. Vamos a hablar de la vida sobrenatural. De una invasión del Espíritu. Es momento oportuno para hablar de la incorporación a Cristo por medio del Bautismo. Entre los primeros cristianos, en este tiempo pascual, después de una seria preparación, los catecúmenos eran bautizados. Renacían a la Gracia por el Sacramento del Bautismo.
El Bautismo es el primero de los tres Sacramentos llamados de Iniciación, que son Bautismo, Comunión y Confirmación. Para recibir el segundo y el tercero los niños y jóvenes cuentan con una preparación de dos o tres años. Ya tienen la capacidad suficiente para saber lo que hacen, y son orientados por los Catequistas que les acompañan y ayudan en todo momento. No ocurre así en el Bautismo, que se administra normalmente a bebés a los que no se puede preparar. Hay que ayudar a los padres que, siendo cristianos y valorando este don, quieren hacer partícipes a sus hijos de esta Gracia que ellos tienen y valoran.
El Bautismo no es sólo un rito-ceremonia y una fiesta. Es algo más importante, algo que va a marcar la existencia de los bautizados mientras vivan y que les abre la puerta para seguir a Cristo y para recibir los otros Sacramentos. La Parroquia, consciente de lo importante que es el Bautismo, quiere formar un equipo que ayude a tomar conciencia del compromiso que supone esta decisión para los que forman el entorno de los niños que se bautizan.
Hacemos una llamada a los que, pensándolo delante de Dios, deseen colaborar en este voluntariado tan necesario en estos momentos. Agradecemos de antemano vuestra entrega personal y colaboración. Os esperamos.