
Valdespartera (lugar denominado así porque en su suelo crecía en abundancia el esparto, arbusto estepario muy resistente también conocido como atocha) es una amplia extensión de terreno situada al suroeste de Zaragoza y unos 150 m más elevada que la ciudad. En nuestros días Valdespartera es un barrio en pleno crecimiento al que animan modernas construcciones, pero en la época a la que primero vamos a referirnos era una árida zona sin poblar integrada en la demarcación parroquial de San Pablo. Dista de la iglesia alrededor de 6 km.
El devastador efecto de los fuertes temporales que descargaron sobre Zaragoza a finales del s. XVII determinó que un grupo de agricultores fundase en 1690 en la Parroquia la Cofradía de la Gloriosa Santa Bárbara para acogerse a la protección de la celestial abogada de las tormentas; simultáneamente a la fundación de la Cofradía debió de erigirse la ermita, pues en el Libro de Resoluciones del Capítulo de 1691 ya se menciona como construida. El edificio (patrimonio de la Cofradía) no tenía pretensión artística alguna, siendo un sencillo espacio dedicado esporádicamente al culto realizado con materiales muy elementales —el tejado, por ejemplo, requirió ser arreglado ya en 1706, pero hay que considerar que los efectos de la particular meteorología zaragozana no favorecerían, precisamente, la óptima conservación y el mantenimiento de un edificio sito fuera del núcleo urbano y, además, sin habitar—.
Hasta 1749 no se tienen noticias de la estructura y ornamentación de la ermita. Dicho año, con motivo del nombramiento del ermitaño, se la describe en las Actas de la Cofradía: de una sola nave, sin capillas aunque con dos altares, uno dedicado a la Santa titular y otro al Santo Cristo; completaban el ajuar un confesonario, un atril de madera, un púlpito hecho de yeso y varias lámparas, guardándose las jocalias —alhajas de iglesia: cálices, relicarios, portapaces, etc.— en la sacristía. Del exterior de la ermita sólo se conoce que sobre el tejado había una espadaña con cimbalico —pequeña campana— y que ante la puerta se erguía un peirón —humilladero— con una cruz de hierro; adosados al edificio había caballeriza, refectorio, cocina y despensa con sus correspondientes tinajas.
Las circunstancias sociales de la primera mitad del s. XIX se reflejaron en la devoción popular; la economía no pasaba por un buen momento y la relajación religiosa era notable, por lo que las antiguas costumbres fueron dejándose atrás. Como consecuencia la ermita se deterioró poco a poco, pero a pesar de sus contados recursos la Cofradía fue haciendo frente a la reparación de desperfectos. A comienzos del siglo XX, concretamente hacia 1905, el abandono era casi total: la tradicional fiesta-romería del 1 de mayo en la que se bendecían los términos —campos— ya no se celebraba porque el acceso a la ermita era impracticable y la construcción amenazaba ruina inminente. Entre 1910 y 1914 se arregló la fachada, se reformó el tejado y se acordó que todo lo demás se restaurara paulatinamente siguiendo un canon barroco; no llegó a hacerse, pero en caso afirmativo hubiera supuesto modificar de forma sustancial tanto la estructura como la estética primitivas del conjunto.
El epílogo de la ermita de Santa Bárbara lo escribió la Guerra Civil de 1936 al dejarla totalmente derruida. Se intentó restaurarla por todos los medios solicitando ayudas y donativos al Cuerpo de Artillería y a los Ingenieros Agrónomos (Santa Bárbara es también Patrona de ambos colectivos), e incluso aparecieron reportajes y artículos en el semanario "El Pilar" y en el diario "Heraldo de Aragón" de 1941 reivindicando la rehabilitación, pero fue imposible. En Capítulo de 1946 la Cofradía propuso trasladar la fiesta-romería a la iglesia del barrio de Miralbueno y la ermita de Santa Bárbara fue abandonada definitivamente, desmantelando y vendiendo lo poco aprovechable que todavía quedaba en pie.
Aunque la Cofradía de Santa Bárbara sigue existiendo y su sede canónica radicando en San Pablo, la ermita desapareció y con ella un fragmento de nuestro pasado histórico y etnográfico; hoy sólo el cierzo y algún esforzado andarín movido por la curiosidad se aventuran a trepar hasta las ruinas que siguen desmoronándose en la colina más alta de Valdespartera, desde donde se divisa una espléndida panorámica de Zaragoza, del pre Pirineo y, en los días despejados, incluso del Pirineo.
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| (Fotografías de las ruinas de la ermita cortesía de Valdesparterano) | |