Alero de la Puerta Tramontana (1594, Maese Antón de Prado)

El Gancho, un símbolo secular

Tanto la Parroquia de San Pablo como el barrio en el que se encuentra son conocidos de forma popular en Zaragoza como la "Parroquia del Gancho" y el "barrio del Gancho", respectivamente. Apelativo tan singular se debe al símbolo por antonomasia de la Parroquia y, por extensión, del barrio y de sus gentes: una afilada hoz de segador ―un gancho―.

San Blas y su antigua ermita (letra capital de cantoral, 1743)Hay que retroceder hasta el origen de la Parroquia, cuando todavía era una ermita erigida en honor a San Blas por los guerreros que habían ayudado al rey Alfonso I de Aragón en la reconquista de Zaragoza, para comprender no sólo la relación que tiene una hoz con esta iglesia, sino el motivo por el que tal apero de labor se convirtió en su símbolo por excelencia. Retrocediendo, pues, hasta finales de 1118 o principios de 1119, reconstruyamos primero el entorno en el que se hallaba la ermita: extramuros de la ciudad, en un lugar arbolado salpicado por pequeños huertos y zonas de cultivo a los que se accedía mediante senderos; en definitiva, en campo abierto. Pasemos ahora a considerar que, como la devoción a San Blas se expandió rápidamente y caló hondo en Zaragoza, fue pronto muy elevado el número de devotos del Santo, quienes iban en romería hasta la ermita para rendirle culto portando estandartes y banderas. Las ramas de los árboles, arbustos y malezas resultaban obstáculos a salvar para que la comitiva procesional pudiese transitar por los campos sin contratiempos, por lo que el camino a seguir debía ser liberado previamente de tales estorbos. Quién tuvo la feliz idea de encajar una hoz en el remate de una pértiga o vara para despejar el trayecto y abrir paso a las romerías es un dato que jamás se ha conocido, pero a esa ingeniosa y anónima persona ―seguramente un labrador― es a quien debe la Parroquia de San Pablo su símbolo principal.

Porque el Gancho es, en suma, lo que acabamos de describir: una hoz colocada sobre un asta o mástil, cuya finalidad fue segar ramas y malezas mientras la ermita estuvo rodeada de árboles y floresta, y la de cortar además los objetos que pudieran impedir el paso de las procesiones (no sólo las que se encaminaban a honrar a San Blas, sino cualquiera otra) que se dirigían a la iglesia cuando, a medida que el barrio se fue poblando, las viviendas y botigas ―comercios― fueron sustituyendo a los seres del reino vegetal.

El Gancho procesional, símbolo de la ParroquiaEncabezando las procesiones, portado por un brioso mozo que hacía alarde de fuerza y destreza, bajo el filo del gancho caían limpiamente, cercenadas de un solo tajo, las ramas de árboles y arbustos. Y, para regocijo ―y a la vez, por contra, para disgusto― de chicos y grandes, también caían los objetos que por no haber sido retirados a tiempo por sus propietarios suponían una traba para el paso del cortejo, como las cuerdas extendidas de un lado al otro de las calles de las que colgaban las prendas puestas a secar, o las enseñas y muestras que indicaban la actividad a que se dedicaban los comercios: chorizos, botas, panes, vasijas... Esta práctica, tan útil como curiosa, fue reconocida y favorecida en el s. XIV por el rey Juan I de Aragón, quien concedió a la Parroquia de San Pablo el privilegio de que el Gancho abriera todas las procesiones que se celebraran en Zaragoza; en la actualidad y, aunque, obviamente, ya no se le dé su finalidad original, el Gancho sigue encabezando la procesión metropolitana del Corpus Christi y, desde luego, todas las que salen de la Parroquia.

Siglos después de tan regia designación, doña Ana Francisca Abarca de Bolea, noble dama del linaje de los Aranda, poetisa y escritora que fue abadesa del Real Monasterio de Santa María en la villa de Casbas (Huesca), dedicó estos versos al Gancho de San Pablo en su Romance a la Procesión del Corpus [de Zaragoza], editado en 1679:

«Iba lo gancho primero
con muy grande ligereza
cortando todos los ramos
que han posado en las tabernas»

En el ángulo derecho del presbiterio, bajo el remate inferior del retablo mayor, el Gancho preside todas las celebraciones; el utensilio, del siglo XVIII, es el último que, hecho expresamente para tal fin, se utilizó en la tarea de facilitar el paso de procesiones. No se trata de una obra de arte, ni tampoco su valor reside en la riqueza de sus materiales, pues sólo son acero y madera: es, simplemente, pero Emblema de la Parroquia de San Pablonada más y nada menos, el vestigio de un símbolo secular, el signo que inequivocamente identifica en la ciudad al templo, al barrio y a los parroquianos de San Pablo desde hace nueve siglos; la divisa, en fin, que hace exclamar a los zaragozanos cuando, en una procesión, por su elevada altura, se le vislumbra desde lejos: «¡Mirad! ¡Ya vienen los del Gancho, ya están aquí los de San Pablo!» Y a los del Gancho, a los de San Pablo, entonces se nos remueve algo por dentro y sonreímos, satisfechos, al comprobar que nuestro símbolo sigue siendo reconocido hoy en día de inmediato, tal como antiguamente lo era.

El Gancho, junto a la espada de San Pablo (símbolo tanto de su inspirada palabra como recuerdo del instrumento de su martirio, pues fue decapitado) y un libro abierto donde se lee EPISTOLÆ SANCTI PAULI (en alusión a las epístolas ―o cartas― que escribió el Apóstol), son los tres elementos que componen el escudo de la Parroquia.