
El origen de Zaragoza, nuestra ciudad, es muy antiguo. Poblada probablemente ya antes del siglo VII a.C., la ibera Salduie (o también Salduba) pasó a ser hacia el año 15 a.C. Cæsaraugusta, colonia romana fundada personalmente por César Augusto ―Zaragoza fue la única ciudad del Imperio que ostentó el nombre completo de un emperador―. En el siglo VI d.C. se produjo la ocupación visigoda y el nombre de la ciudad se transformó en Cesaracosta; dos siglos más tarde fueron los árabes quienes la ocuparon, llamándola Medina Albaida Sarakusta (Sarakusta, la ciudad blanca).
Esta "ciudad blanca" es la que reconquistó en 1118 Alfonso I el Batallador, rey de Aragón, convirtiéndola en la capital de un reino que con el tiempo se expandió de tal modo que llegó a tener incorporadas posesiones tan lejanas como los ducados de Atenas y Neopatria, en Grecia. Tras ser reconquistada, en las afueras de la blanca Sarakusta se comenzó a venerar a San Blas en una ermita recién erigida en su honor, que más tarde sería el centro espiritual de un pujante nuevo barrio.
A través de los siglos el nombre de la ciudad siguió transformándose: Saragoça, Çaragoça y, finalmente, Zaragoza, y también cambiaron el rango y titularidad de la ermita, convertida en 1259 en Parroquia dedicada a San Pablo. Así pues, desde el lejano año 1118 la historia de Zaragoza y la de la Parroquia de San Pablo se encuentran indisolublemente ligadas, pero además, por su ubicación, el sedimento del pasado más antiguo gravita sobre el barrio donde se alza la iglesia, en el que no son infrecuentes los hallazgos arqueológicos, sobre todo de las épocas romana y árabe.
Por ello la historia de la Parroquia no puede ni debe limitarse al aspecto religioso (aun siendo éste de capital importancia), sino que abarca un amplio contexto sobre el que tenemos preparados estos temas, a los que iremos añadiendo otros más: