
La torre-campanario de San Pablo destaca por la majestuosidad de su altura (66 m), siendo una de las más bellas y esbeltas del mudéjar zaragozano.
Se comenzó a erigir en el último tercio del siglo XIII al mismo tiempo que el templo parroquial que sustituía a la antigua ermita y, aunque muy cercano a la iglesia, como construcción independiente y separada de ella; la torre se terminó antes que el templo, pues debió concluirse ya en el primer tercio del siglo XIV. Su estructura es la de un alminar almohade de planta octogonal, con una torre exterior que envuelve a otra interior, situándose entre ambas el cuerpo de escaleras.
La decoración de la torre es sencilla pero muy elegante, a base de ladrillos esquinados y en espiga. Los dos cuerpos que la rematan ornados con arquerías de medio punto y azulejos vidriados en verde y blanco, al igual que el chapitel y la veleta, se añadieron en el siglo XVII.
Por su traza la torre de la iglesia parroquial de Santa María, en la villa de Tauste ―Zaragoza―, es similar a la de San Pablo, que debió servir de modelo para la taustana ya que los elementos decorativos de esta última son algo posteriores a los de la torre que campea sobre el barrio de El Gancho. Con anterioridad a las adiciones que se efectuaron en el siglo XVII el remate de la torre de San Pablo sería, probablemente, también almenado, como el de Tauste.
Como todas las torres de las iglesias la finalidad de la torre de San Pablo era ―y es― albergar las campanas, que con toques determinados convocan a los cultos a los fieles o les avisan de hechos especiales (por ejemplo, tocan a muerto para anunciar un funeral), de ahí que sea una torre-campanario. Durante los días del Triduo Sacro ―desde Jueves Santo hasta Sábado Santo, ambos inclusive―, en los que no se pueden tañer las campanas, en Aragón fue habitual antiguamente el uso de las grandes matracas de torre, instrumentos de madera de los que todavía se conserva uno en San Pablo.