
En muchas ocasiones se afirma que la figura de San Pablo es, indisolublemente unida a la de San Pedro y después de la de Cristo, la más importante en la historia de la cristiandad. Aunque Pablo no fue discípulo directo de Jesús, pues no lo conoció, tras la visión que experimentó viajando un día hacia Damasco se convirtió en su Apóstol más ferviente y, junto a Pedro, sentó las bases sobre las que se constituyó la Iglesia.
De la vida, pensamiento y obras de Pablo tenemos constancia tanto por el libro de los Hechos de los Apóstoles como por las Epístolas que dirigió a varias de las comunidades cristianas (cartas a los Romanos, Corintios, Tesalonicenses...) y también a sus discípulos (Timoteo, Tito y Filemón).
En todos estos textos Pablo se revela como un hombre tenaz, dotado de ánimo y fe inquebrantables, que no retrocede jamás ante las dificultades y rigores que entraña alcanzar una cima ni se adormece complaciéndose en los logros obtenidos, sino que siempre aspira a ir más allá:
«Olvidando lo que queda atrás,
me lanzo en persecución de lo que está delante
[y] corro hacia la meta» (Flp 3, 12-14).porque
«Los sufrimientos producen la paciencia,
la paciencia consolida la fidelidad,
la fidelidad consolidada produce la esperanza
y la esperanza no nos defrauda,
porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
por medio del Espíritu Santo que nos ha dado» (Rom 5, 3-5).
Pablo siempre fue más allá; para su espíritu inquieto nunca hubo fronteras. Nació hacia el año 8 en Tarso de Cilicia (Tarso, en la actual Turquía), localidad costera sometida a Roma donde se cultivaba la cultura griega; su familia, aunque judía, gozaba de la ciudadanía romana. El niño fue circuncidado con el nombre de Saúl ―Saulo― y educado en la fiel observancia de la Ley mosaica y de las tradiciones de los mayores.
Según la costumbre judía desde los cinco años tuvo que aprender a leer los textos sagrados hebreos, y en su preadolescencia debió aprender asimismo griego, la lengua de uso común en Tarso. A los 15 años fue enviado a Jerusalén para formarse en profundidad en el conocimiento de las Escrituras y de las tradiciones rabínicas y, de acuerdo con los usos judíos, también aprendió un oficio; en su caso se le adiestró como tejedor de lonas para tiendas de campaña, trabajo al que se dedicó durante su posterior actividad apostólica para ganarse el sustento.
Fervoroso defensor de las antiguas tradiciones, Saulo de Tarso fue uno de los más violentos adversarios del cristianismo hasta que un día, viajando hacia Damasco, Jesús se le manifestó. Después de recibir el bautismo Pablo se dedicó por entero a difundir el mensaje del Redentor recorriendo grandes zonas mediterráneas sujetas al dominio de Roma pero no judías, motivo por el que frecuentemente se le denomina Apóstol de los Gentiles.
Pablo, que tras su conversión vivió, trabajó, padeció y murió por Cristo, nos dejó un legado de valor incalculable: las epístolas que redactó durante su apostolado, varias de ellas estando en prisión; junto a Pedro, además, sentó las bases de la Iglesia. Según una antiquísima tradición Pedro y Pablo fueron martirizados en Roma el mismo día, hacia el año 64: Pedro sufrió crucifixión en tanto que Pablo, por ser ciudadano romano, fue decapitado; ambas sentencias fueron dictadas por el emperador Nerón, implacable y feroz perseguidor de los cristianos.
En el Santoral se recuerda a ambos apóstoles y mártires el 29 de junio; la fiesta de la Conversión de San Pablo se celebra el 25 de enero.