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Había en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor llamó en una visión: «¡Ananías!» Y él respondió: «Aquí estoy, Señor». El Señor le dijo: «Vete rápidamente a la casa de Judas, en la calle Recta, y pregunta por un tal Saulo de Tarso, que está allí en oración y ha tenido una visión: un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para devolverle la vista». Ananías respondió: «Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y decir todo el mal que ha hecho a tus fieles en Jerusalén. Y está aquí con plenos poderes de los sumos sacerdotes para prender a todos los que te invocan». El Señor le dijo: «Anda, que éste es un instrumento que he elegido yo para llevar mi nombre a los paganos, a los reyes y a los israelitas. Yo le mostraré cuánto debe padecer por mí». Ananías partió inmedia-tamente y entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: «Saulo, hermano mío, vengo de parte de Jesús, el Señor, el que se te apareció en el camino por el que venías, para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo». En el acto se le cayeron de los ojos como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado. Comió y recobró fuerzas. Y se quedó unos días con los discípulos que había en Damasco.
Te has encontrado con Jesús y tu vida ha dado un giro en dirección opuesta. Te has convertido y ahora renaces de las aguas del bautismo. Has pasado a ser uno de aquellos a los que perseguías. El bautismo te une con el Resucitado, que salió a tu encuentro. Él te ha ganado para sí. Todavía la comunidad de los cristianos recelará y desconfiará de la sinceridad de tu conversión, pero tu bautismo es también la acogida que los cristianos te dispensan. Desde ahora, por tu bautismo, quedarás unido a Cristo y a su comunidad. En verdad eres un hombre nuevo. No respondiste a Jesús cuando caíste del caballo, pero la conversión y el bautismo fueron tu mejor respuesta a tiempo.
Ya no te persigo, Señor; ahora te amo. Deseo conocerte más para amarte más; quiero ser discípulo tuyo para poderte llevar a todos los hombres. No puedo resistirme ante ti. He errado y pecado, pero, desde ahora, soy uno de los tuyos.
Creo en Dios, Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos, el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.
(Si se dispone de agua bendita pueden humedecerse los dedos con ella y hacer la señal de la cruz).
| Un solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre. |
Llamados a guardar la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz, cantamos y proclamamos: Un solo Señor… |