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Pablo y los suyos zarparon de Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Juan los dejó y se volvió a Jerusalén. Ellos continuaron su viaje, y de Perge pasaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y se sentaron. Después de la lectura de la ley y de los profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a decir: «Hermanos, si tenéis alguna palabra que comunicar al pueblo, decidlo».
Pablo se levantó y, haciendo con la mano señal de silencio, dijo: «Israelitas y los que sois fieles a Dios, escuchad. Hermanos, hijos de la estirpe de Abrahán, y los que sois fieles a Dios: a vosotros ha sido enviada esta palabra de salvación. Porque los habitantes de Jerusalén y sus jefes han cumplido, sin saberlo, las palabras de los profetas que se leen cada sábado; y sin haber encontrado ninguna causa de muerte, le condenaron y pidieron a Pilato que lo matase. Y así que cumplieron lo que acerca de él estaba escrito, lo bajaron del leño y lo sepultaron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos; él se apareció durante muchos días a los que habían ido con él de Galilea a Jerusalén, y que ahora son sus testigos ante el pueblo. Nosotros os anunciamos la buena nueva: la promesa hecha a nuestros padres. Dios la ha cumplido en nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy (Sal 2,7)».
Siempre fuiste un hombre vehemente. Lo fuiste de judío y también como cristiano. Desde tu conversión no sólo pusiste a Jesucristo en el epicentro de toda tu vida, sino que lo hiciste la causa de toda tu actividad y de toda tu existencia. Ya no viviste más que para sentir a Jesús y anunciarlo. No tenías término medio; lo diste todo. Para ti no hubo fronteras; toda la tierra se te hizo poca. Damasco, Antioquía de Siria, Jerusalén; evangelizaste en Chipre y Asia Menor: Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra; anunciaste a Jesucristo en Grecia: Filipos, Tesalónica y Berea, Atenas, Corinto, Macedonia, Tróade, Mileto. Finalmente, desde Cesarea, hiciste tu último y definitivo viaje antes de encontrarte con Jesús para toda la eternidad: Roma, el corazón del Imperio. Hablaste, en fin, ante reyes y gobernadores, y también en los templos de la cultura como en Atenas. Nada ni nadie te hizo reblar.
Sin haber sido del grupo de los Doce, te erigiste en el apóstol más activo y misionero. Tú y Pedro llevasteis el Evangelio desde Oriente hasta Occidente.
No sé cómo acabará todo esto, pero, si te has manifestado a mí, no habrá sido en balde. Si me has elegido iré donde me mandes. Te daré a conocer a todos. Viajaré, correré riesgos, padeceré incomodidades, hambre, sed, tempestades, persecuciones… Daré mi vida por ti, porque me sedujiste y me dejé seducir, porque me has enamorado con tu amor.
| Padre nuestro que estás en el cielo santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. |