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Entonces los sacerdotes y los presbíteros, con toda la Iglesia, decidieron elegir a algunos de entre ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabás y a Silas, hombres eminen-tes entre los hermanos. Por medio de ellos les mandaron esta carta: «Los apóstoles y los presbíteros, vuestros hermanos, a los hermanos de An-tioquía, Siria y Cilicia procedentes del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de los nuestros, sin nuestro mandato, os han inquietado y alarmado con sus palabras. Hemos decidido de común acuerdo elegir unos delegados y enviarlos a vosotros, con nuestros queridos Bernabé y Pablo, hombres que han entregado sus vidas por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Os enviamos a Judas y a Silas, que os dirán lo mismo de palabra. Porque el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no poneros ninguna carga más que estas imprescindibles: abstenerse de la fornicación, de comer sangre y carne sacrificada a los ídolos o de animales ahogados. Haréis bien en guardaros de estas cosas».
Un nuevo viaje desde Siria hasta Jerusalén. No tomaste tú solo la decisión. La cuestión era importante y peliaguda. Sus consecuencias podían marcar el futuro del cristianismo, pero, sobre todo, la decisión iba a afectar a muchos de los hermanos. La unanimidad en el criterio era necesaria. Pero había que consultar con los apóstoles, con los demás apóstoles. Bernabé también estaba en esto. Y hubo que debatir, que valorar, que decidir. Los criterios eran dispares, pero la Asamblea fue una bella experiencia de comunión. Tu criterio se abrió paso, por la acción del Espíritu Santo, en la resolución final. En esa jornada la Iglesia se abrió definitivamente, contigo y Bernabé, al mundo de los gentiles. En ese día la comunidad de Jesús se abrió para siempre a la universalidad del Evangelio, a la universalidad de Jesús. Gracias por eso, Pablo.
Señor, ilumínanos con la luz de tu Espíritu. Sé que mi tarea no va a resultar nada fácil. Esta vez tengo que hablar ante los apóstoles, testigos oculares de tu enseñanza y de tus milagros, ante los que te vieron y te amaron; yo, a quien te apareciste como a un aborto cuando te perseguía encendidamente. Abre mi lengua y sus corazones para que pueda hacerles comprender lo que tú me has inspirado. Ayúdanos a abrir las puertas de tu Iglesia a todas las naciones. Que no pongamos obstáculos a tu acción, a que todos puedan conocerte, a que todos puedan amarte.
| Todos unidos formando un solo cuerpo, un pueblo que en la Pascua nació; miembros de Cristo en sangre redimidos, Iglesia peregrina de Dios. |
Vive en nosotros la fuerza del Espíritu que el Hijo desde el Padre envió; Él nos empuja, nos guía y alimenta, Iglesia peregrina de Dios. |