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«Dios os ama y os ha elegido para que seáis miembros de su pueblo. Por tanto, sed compasivos, bondadosos, humildes, pacientes y comprensivos. Soportáos unos a otros y perdonáos si alguno tiene queja contra otro. Del mismo modo que el Señor os perdonó, así también vosotros debéis perdonaros. Pero, por encima de todo, tened amor, que es el lazo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, en la que fuisteis llamados para formar un solo cuerpo. Y sed agradecidos. Que la palabra de Cristo viva entre vosotros con toda su riqueza. Enseñáos y aconsejáos unos a otros con talento. Con profundo agradecimiento cantad a Dios salmos, himnos y canciones religiosas. Y todo lo que hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias a Dios Padre por medio de Él.»
(Col 3, 12-17)
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Pablo nació hacia el año 8 en la localidad costera de Tarso de Cilicia (Tarso, en la actual Turquía), ciudad sometida a Roma donde se cultivaba la cultura griega; su familia, judía de la tribu de Benjamín y poseedora de la ciudadanía romana, pertenecía a los fariseos de lengua aramea. El niño fue circuncidado con el nombre de Saúl (Saulo) y educado en la fiel observancia de la Ley y de las tradiciones de los mayores.
Según la costumbre judía desde los cinco años tuvo que aprender a leer los textos sagrados hebreos, y en su juventud debió aprender asimismo griego, la lengua de uso común en Tarso. A los 15 años fue enviado a Jerusalén, donde al parecer residía parte de su familia, para formarse en profundidad en el conocimiento de las Escrituras y de las tradiciones y métodos rabínicos. Fue discípulo de Gamaliel, hombre piadoso, pacífico y abierto, que no se sentía hostil hacia la cultura griega. De acuerdo con los usos judíos Saulo también aprendió un oficio (se le adiestró en la confección de tiendas de lona), que practicó durante su actividad apostólica para ganarse el sustento y vivir por sus propios medios.
Saulo fue uno de los más violentos adversarios del naciente cristianismo al oírle proclamar al diácono Esteban el carácter temporal de la Ley y del culto judaico y afirmar que el crucificado Jesús había sido exaltado por Dios, que tenía poder real de Dios y que había que adorarle como Señor. Estas afirmaciones irritaron hasta el extremo a Saulo, fariseo convencido y celador fervoroso de las antiguas tradiciones; de ahí la furia con la que perseguía a los cristianos en Jerusalén y otras ciudades de Judea, persuadido de que estaba defendiendo la gloria de Dios, y de ahí, también, que aprobara y estuviera presente en la muerte por lapidación de Esteban (el primer mártir cristiano).
Tras su conversión a la doctrina de Jesús yendo camino de Damasco Pablo se dedicó por entero a la difusión del mensaje de Cristo, recorriendo como incansable misionero grandes zonas mediterráneas sujetas al dominio de Roma pero no judías, razón por la que con frecuencia se le denomina "Apóstol de los Gentiles".
Pablo, que vivió, trabajó, padeció y murió por Cristo (al que, sin embargo, nunca conoció) fue junto al apóstol Pedro quien sentó las bases de la Iglesia. Según una antiquísima tradición Pedro y Pablo fueron martirizados hacia el año 65 el mismo día; Pedro sufrió crucifixión en tanto que Pablo, por ser ciudadano romano, fue decapitado. Ambas sentencias fueron dictadas por el emperador Nerón, implacable y feroz perseguidor de los cristianos.
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La conversión de Pablo puede verificarse por el testimonio que de ella da el propio convertido y quienes constataron la transformación que se produjo en él. Ambas fuentes proporcionan abundantes datos, como puede leerse en el Libro de los Hechos y en las Epístolas de Pablo. En concreto el capítulo 9 de los Hechos de los Apóstoles relata así su conversión:
«Saulo, respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas de recomendación para las sinagogas de los judíos de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores de Cristo, los pudiera llevar presos y encadenados a Jerusalén.
Y sucedió que yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo; cayó en tierra y oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?". El respondió: ¿Quién eres tú Señor? Y oyó que le decían: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero ahora levántate; entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tendrás que hacer".

Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada. Lo llevaron de la mano y lo hicieron entrar en Damasco. Pasó tres días sin comer y sin beber.»
Aunque los Hechos y las Epístolas difieren en algunos detalles, coinciden sin embargo en lo principal:
Pablo perseguía a los cristianos, pero junto a Damasco, por súbita aparición de Cristo, se convirtió en discípulo y apóstol de Jesús.
La conversión de Pablo es un fenómeno de la gracia y de la particular elección y vocación de Dios. Entonces experimentó Pablo, de modo particular, la gracia de Dios, que lo llamó por pura misericordia y amor, y aprendió que Cristo es el Hijo de Dios y el Señor, y que forma con sus creyentes una unidad viva e indisoluble.
Estas enseñanzas fueron los puntos capitales de su predicación.
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Los datos bíblicos indican que Pablo tuvo el decidido propósito de anunciar el Evangelio en España, y los datos extrabíblicos demuestran que realizó su proyectado viaje.
Cuando en el año 58 escribe desde Corinto su carta a los Romanos les manifiesta que «desde hace ya bastantes años» tiene el decidido propósito de visitarlos, pero que lo hará de pasada, porque su verdadera finalidad es la de, a través de ellos, dirigirse a España, y espera realizar este viaje apenas entregue en Jerusalén las limosnas recogidas en Macedonia y Acaya (Rom 15, 22-26, 28). Pero, inesperadamente, se intercalan en su vida casi cinco años de prisión entre la de Cesarea y la de Roma.
A pesar de ello, si los datos bíblicos no dicen más, los testimonios históricos sobre la realización de este viaje son irrefutables. San Clemente de Roma escribe, en el año 96, que Pablo murió después de haber llegado «hasta los límites extremos de occidente».

Igualmente es incuestionable el testimonio que presenta el "Fragmento de Muratori"* cuando dice que Lucas no pudo contar en los Hechos la prisión de Pedro y el viaje de Pablo cuando fue de Roma a España por no haberlos presenciado, y tampoco pueden olvidarse los testimonios de muchos Padres de la Iglesia, como San Atanasio, San Cirilo de Jerusalén, San Epifanio y San Jerónimo.
Por consiguiente durante los cuatro primeros siglos del cristianismo se mantiene una firme tradición, atestiguada por documentos históricamente ciertos, de que Pablo realizó sus deseos de venir a evangelizar a España.
Y la vitalidad de la Iglesia española (a cuyo sentir apelaba San Ireneo como seguro testimonio de la primitiva fe cristiana) supone el origen apostólico de nuestra Iglesia, siendo el entusiasta Pablo quien, junto a Santiago, mejor pudo darle tal origen.
* El Fragmento de Muratori contiene la relación de libros canónicos del Nuevo Testamento más antigua que se conoce. Redactado en latín, data de finales del siglo II y fue hallado por Ludovico Antonio Muratori en 1740 en la Biblioteca Ambrosiana de Milán; falta el principio del manuscrito, de ahí que se le denomine "fragmento".
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Pablo nos dejó un legado escrito de valor incalculable: las Cartas que redactó a lo largo de su apostolado, varias de ellas estando en prisión. Para acceder al texto completo de cada Epístola activa su enlace correspondiente (las Cartas están en formato PDF
; paulatinamente iremos publicando todas ellas).
Romanos
1 Corintios
2 Corintios
Efesios
Filipenses
Colosenses
1 Tesalonicenses
2 Tesalonicenses
1 Timoteo
2 Timoteo (33 kb)
Tito
Filemón
Hebreos

A modo de resumen del imperecedero mensaje que Pablo nos transmitió no hay nada mejor que sus propias palabras, tan actuales hoy en día como en el momento en que fueron escritas hace 20 siglos:
«Mi carta sois vosotros, [...] pues es claro que vosotros sois una carta de Cristo redactada por mí y escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne: en vuestros corazones.»
(2 Cor 3, 2-4)
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